UanantuUanantú
Liliana Vitale
Ciclo 3
2016
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“¿Qué escuchó cada uno de Bola de Nieve las cientos de veces que pusimos ese disco?” La pregunta se la formula Liliana Vitale en las notas de tapa de Uanantú, su nuevo disco-libro. Es una pregunta de las mejores, de esas que no tiene respuesta. O por lo menos no la encuentra de una manera directa. Una pregunta que abre juegos. Los juegos que permiten, por ejemplo, hacer un disco notable, una antología de escuchas, con todo lo que traen y llevan las canciones. Junto a su hermano Lito, interlocutor central de la pregunta, Liliana elabora una memoria musical, un diálogo íntimo entre piano y voz que se despliega a partir de canciones cuya unidad, más allá de los géneros y los estilos, está en el gesto con el que se interpretan.

El mapa afectivo que sostiene el disco traza sus evocaciones entre la bellísima Zamba, de Arco Iris, y Toma dos blues, de Charly García. En el medio, Tengo la piel cansada de la tarde, de Piero, Zamba del grillo, de Yupanqui, Plegaria para un niño dormido, de Spinetta, En el país de Nomeacuerdo, de María Elena Walsh, Oye niño, de Miguel Abuelo, Soneto a mamá, de Serrat, entre otros temas, de Cholo Aguirre, Paco Ibañez y Rafael Alberti, Griselda Gambaro y Alberto Favero, Homero y Virgilio Expósito. Son canciones de sutil poderío, páginas que articulan un repertorio tan variado cuanto impecable, con el que la cantante emprende un viaje de regreso hacia adelante. Un recorrido en el que la voz le señala el camino al piano que le señala el camino a la voz. La voz escucha al piano que escucha a la voz. Todo resulta encantador, de tan sencillo y contundente.

Como las canciones, Uanantú –término que en un inglés gustosamente precario podría señalar ‘uno y dos’– propaga sus significados, y además del dúo entre hermanos celebra otra forma de hermandad en la amistad. Unanatú recuerda también a la editorial juvenil hecha a mano y con Bic azul, con los relatos breves de Patricia Pagola y los dibujos de Liliana, que regresan para formar parte del disco en un librito que acompaña la edición y completan  la idea de lo que Liliana bien llama “del tatuaje sobre el oído, del ruteo sobre la inmensidad…”.

La idea que somos lo que escuchamos posiblemente no alcance para responder la pregunta inicial. Pero propone una idea precisa para un punto de partida, que Liliana Vitale asume para abrirse y mostrar el pasado que la habita. Lo hace con bella impudicia y la convicción de que en esas canciones está la memoria suya, multiplicada en escuchas interminables y distintas.

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