Nadia Szachniuk
Luna atrás
Club del Disco
2017

 

 

 

La noche es un buen momento para cruzar músicas. Aunque para la música, acaso la noche sea más un espacio que un momento. Más lugar que tiempo hay en el cancionero ilimitado de la noche y sus peripecias. Nadia Szachniuk eligió para su disco, el primero suyo como solista, un repertorio que tiene que ver con la noche. Luna atrás,  se llama el trabajo editado a través de Club del Disco. 13 canciones –y un bonus track– que de distintas maneras se definen desde lo nocturnal y sus sugestiones. Una noche ancha, que comienza con una nana antigua de Granada, A la nanita, y se extiende hasta Lullaby for Hamza, de Robert Wyatt y Alfreda Benge. En el medio,  Szachniuk adaptó al castellano de Canción de cuna para un niño ansioso, de Dominic Miller  y Sting;  tomó la melodía con que un Claude Debussy casi adolescente musicalizó un poema de Paul Bourget, Beau Soir, y le puso una letra propia; compuso junto a Maurico Bernal; compuso sola. Incluyó una canción de cuna sefardí y Canción de cuna para el vino, de Gustavo Leguizamón. También Canción para despertar a un negrito, el poema de Nicolás Guillén musicalizado por César Isella, Upa negrito, de Edu Lobo y Gianfrancesco Gurnieri, y Confesión del viento, de Roberto Yacomuzzi y Juan Falú. Obras diversas, a las que Szachniuk les indaga la esencia con tino y escrupulosidad, y el instinto musical de una voz de timbre cálido, capaz de reflejar matices, expresar sentidos e insinuar afectos. La variedad es contenida por los arreglos, obra de Szachniuk, junto a Bruno Moguilevsky (piano, piano Rhodes, sintetizadores, Hammond y coros) y Alejandro Starosielsky (guitarras). Valioso el aporte de los invitados: Facundo Guevara en percusión, Marcelo Moguilevsky en clarinete y flauta dulce, Santiago Segret en bandoneón  e Ignacio Vidal en coros. Un disco de la noche, para escuchar en la vigilia y en el sueño.

Luna atrás se presenta en Hasta Trilce el 11 de mayo.

 

Marcos Di Paolo
Piedras del agua
Independiente
2016

 

 

 

Marcos Di Paolo es uno de los buenos guitarristas en la música argentina de estos tiempos. Versátil, sólido, sensible. Hace unos años, en 2014, asomó con Sures, un disco grabado en trío junto a Facundo Guevara en percusión y Daniël Lehmann en contrabajo. Un disco en muchos sentidos sorprendente, en particular por el espesor de la labor del trío –y de los eventuales invitados–. Sonido ajustado, preciso y plástico: las dinámicas de la práctica del jazz ceñidas a un repertorio abierto en la forma, que entre algunos clásicos de la música criolla incluía composiciones del mismo Di Paolo en esa dirección. Nada nuevo, pero muy bien logrado. Hace poco Di Paolo editó Piedras del agua, un disco sobre la línea del anterior en cuanto a la combinación del repertorio, pero pensado desde y hacia la guitarra. Un disco solista, digamos, con algunos invitados.  La institución del trío que sostenía a Sures se limita en Piedras del agua a tres temas –con el mismo Guevara y Diego Wainer–, que ubicados sucesivamente en el disco se escuchan como tres momentos de una breve suite o algo por el estilo. También están Rolando Goldman en charango y Matías Furió en percusión en Bailecito urbano. El resto es la guitarra sola, en temas en los que Di Paolo amplía su espectro folkórico hacia ritmos y esquemas latinoamericanos, pero en los que sin embargo la forma aparece más concentrada, sin particulares despliegues para la improvisación. Baiao e modinha, Solsticio, Vals, son algunos de los temas de Di Paolo, que se combinan con De buen riego, un gato de Juan Falú, y El porá, un chamamé del inolvidable Horacio Castillo, además del cierre con Don Rosa Toledo, zamba insobornable de Navarro padre e hijo, con la voz de  Natalia García Cervera. Piedras del agua es un disco de guitarra de un guitarrista con estilo.

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