Fotos: Kaloián Santos Cabrera

Si quieres cantar la tierra inmensa, canta la aldea donde naciste: la práctica en vías de tradición adjudica esta frase y sus innumerables variaciones a León Tolstoi, que aconsejando a un joven escritor resumió una idea que resultaría entre las más eficaces para ilustrar un pensamiento que encontró arraigo en esta época. Coqui Ortiz deposita su fe en esa idea y desde ahí canta las cosas de la tierra donde vive. Coqui viene de Resistencia, en el Chaco, donde se concentra un universo musical atravesado por los ríos del chamamé y en las circunstancias de lo urbano, entre las idas y venidas del acontencer humano, suena la desmesura de la naturaleza.

El jueves 16 de marzo, Ortiz cumplió la primera presentación de una serie programada para este año en Café Vinilo en Buenos Aires. Yo tengo unos amigos, se llama el ciclo que en su primer encuentro contó con la presencia de Juan Quintero como amigo invitado. Hubo muchos amigos más, que llegaron en la evocación, navegantes de las canciones, o de las décimas con que Ortiz arquitectó la primera parte del espectáculo: Jorge Bulacio, Boquín Ortega, Cayé Gauna, Raúl Junco, Aledo Luis Meloni, entre muchos otros. Y luego llegarían más canciones propias y de otros, solo y compartidas con Juan Quintero.

Hay una correspondencia afectiva y formal natural entre las canciones de Coqui y su manera de interpretarlas. Su voz y su guitarra se parecen a sus canciones. Sin ínfulas y con altura reflejan la elegancia de ciertas formas de la canción del Litoral, dejan escuchar retumbos antiguos de chamamés y cantores de radio. Y saben ir más allá, en la simplicidad convencida de su sentido y su pertenencia.

Milonga de tantas cosas, de Carmen Guzmán y Mandy, entre otras canciones que nunca llevó al disco, se combinaron con las bellas y conocidas La fortuna de mi guitarra, Chamamé que se eleva, Canoa, las coplas de don Aledo Meloni que musicalizó en el excelente disco La palabra echa a volar en el canto, y más.

También cantó, contando antes la historia, como le gusta hacer a Coqui, El matecito de las siete, una verdadera obra maestra, acaso la canción que mejor refleja el credo estético y expresivo de una voz y un acento que desde su lugar se ofrecen generosas como herramientas de lo universal.

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