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Por Ricardo Capellano*

Sobrevivir, crear y resistir

Sin dudas, la impronta creativa de los ’70 incitaba a la búsqueda. No a la reconstrucción, ni a la continuidad manipulada de híbridos y falsas “fusiones”. Esa impronta, casi mandato, fue asimilada por una nueva camada de músicos, desertores de los conservatorios, que buscaron maestros entre los creadores posgéneros, que articulaban con libertad lo popular y lo académico.

Esta generación, hermanos menores de los rockeros, sobrinos del folklore, vecinos condicionales del jazz y las “vanguardias”, y nietos de tangueros, vivía la política como transformación y el arte como rebelión, no buscaba padres. No mostraba interés por la protesta y el testimonio. Estaba invadida por el deseo de sonorizar esa sociedad, soñada y latente, que parecía próxima. Pero recién estuvo en condiciones de desarrollar composición en medio del terror de la dictadura genocida cívico militar.

Y, si bien la mayor parte de estas músicas, especialmente las instrumentales, exponían una estética de experimentaciones e invenciones rítmicas sobre células folklóricas, el tango, poco a poco, fue insertándose en el ADN de esos compositores.

De aquel sueño a esa pesadilla, como muchísimos jóvenes de la misma edad. Y hubo exilios, algunos no inmediatos, y encierros de supervivencia. En la superficie, peligrosamente, la vida continuaba, acosada por desapariciones y muerte. Es posible que la impotencia y el odio hayan secundarizado al miedo, que la presión del estado terrorista a la autodesaparición artística haya tocado la cuerda de la rebelión primaria; que el ejercer la libertad creativa no haya sido un consuelo ermitaño, sino un deseo y una obligación de diseñar fronteras para ocupar territorio simbólico.

Lo cierto es que, en poco tiempo, se fue desarrollando un acontecimiento de resistencia musical poco explorado (quizá opacado por la concentración resistente que significó Teatro Abierto), las nuevas músicas irrumpieron en una escena que tuvieron que fundar, dentro del silencioso desierto de la violencia estatal sistematizada.

Saloma, M.I.A., Rumbos, La fuente, Comedia, Nguillatún, Quintral, Membrillar, Alfombra Mágica, Viracocha, Ollantay, Prisma, son algunos de los grupos que, junto a Dino Saluzzi, Rodolfo Alchourrón, Norberto Minichillo, Litto Nebbia, Raúl Carnota, Anacrusa, Manolo Juárez y otros músicos de más trayecto, no sólo proponían cambios estéticos sino creaban circuito: fundando, reinventando e incorporando espacios como: Jazz y pop, La manzana de las luces, Sociedad hebraica argentina, Teatro del centro, IFT y, luego del mundial 78, La trastienda (Palermo), La peluquería, Vuelta de los tachos, Adán Buenosayres, El viejo café, Teatro del picadero, Fundación San Telmo, salas barriales del Credicoop, Arte y vida (Martín Coronado), Juan Sebastián Bar (Lomas de Zamora), entre otros. Para confluir, finalmente, en el movimiento antidictatorial Música Siempre.

Y, si bien la mayor parte de estas músicas, especialmente las instrumentales, exponían una estética de experimentaciones e invenciones rítmicas sobre células folklóricas, el tango, poco a poco, fue insertándose en el ADN de esos compositores. ¿Cómo iba a estar ausente en su ciudad ensangrentada?

Y así su viejo romance con la muerte comienza a ser parte de la trama interior de esas músicas. Ya no género, ya no aire ni fragancia, sino fantasma, como correspondía.

Malvinas, democracia y después

Los productores de eventos del rock nacional habían tenido, llamativamente,  continuidad durante la dictadura, en la organización de conciertos multitudinarios (Obras, Luna Park y espacios del interior del país). Incluyendo las re-uniones de grupos emblemáticos. Aunque el público era reprimido sistemáticamente.

Así, además de las marchas militares, el rock nacional fue la música de esa manipulación salvaje y sangrienta montada sobre la justa causa de Malvinas, bastardeada por civiles y milicos para huir de la derrota inevitable frente a la intensa resistencia obrera y popular. Menos el tradicionalismo folklórico, todas las músicas de esa resistencia y también el tango, el folclore cercano y el jazz desaparecieron, mientras la farsa festivalera “solidaria” ascendía y decaía hacia la derrota final.

La primavera democrática fue una explosión de la diversidad musical atesorada en los años oscuros de desapariciones y exilios. Todas nuestras músicas convivían con un público ávido e inquieto en una confluencia sin antecedentes. El circuito estatal albergó y promovió esta diversidad, sin prejuicios y con inversión, hasta la pendiente política y económica del gobierno alfonsinista. Osvaldo Pugliese, Astor Piazzolla y, desde el canto, Roberto Goyeneche, fueron la referencia inevitable para las expresiones tangueras de la época, nuevamente cercanas al aire y a las fragancias.

Si bien la progresiva globalización del mercado musical generó, en países como el nuestro, una resistencia cultural expresada en la resurrección de lo tradicional, la revaloración del viejo tango expresaba, también, una falta de audacia creativa.

Alejandro del Prado, Luis Borda, Gustavo Fedel, Nuevos Aires, El Tranvía, Binelli-Romero, Morgado-Grecco, Apertura, Convergencia, Vitale-Baraj-Gonzalez, son algunos de los músicos y grupos que protagonizaron esa etapa, en la que tallaron fuerte las formas rioplatenses de candombe y murga, e incidió el lenguaje jazzístico siempre friccionado por el gastado formato piazzollesco. El fantasma incipiente, tendría que esperar. Aunque es cierto que el grupo Chamán, que fundé junto a Norberto Minichillo, Pastor Mora e Iris Guiñazú (1987-1989) abordaba esa espectralidad. Y que la tremenda irrupción de otra estética rockera como la de los Redondos, transparentaba fraseos fantasmales de tango.

 Otros contextos

A mediados de los ’80, la fundación de la Escuela de Música Popular de Avellaneda, cuyo proyecto inicial, creativo y audaz, fue mutando hacia lógicas formales más tradicionales o conservadoras, generó un gran interés entre los jóvenes, especialmente la carrera de tango y las cátedras de bandoneón.

Sucedió también la repatriación progresiva de tangueros de gran experiencia que fueron contactándose, paulatinamente, con los jóvenes músicos, produciendo un trasvasamiento de información, esencial para lo que vendría. Si bien la progresiva globalización del mercado musical generó, en países como el nuestro, una resistencia cultural expresada en la resurrección de lo tradicional, la revaloración del viejo tango expresaba, también, una falta de audacia creativa, en el posicionamiento de los jóvenes músicos de la posdictadura.

Cada estética interactúa con su época sociocultural y política. Sin contemporaneidad la memoria sólo es el pasado de otros, especialmente en las músicas populares. La tradición es un fragmento histórico congelado. La raíz, que está mas abajo, es una intensa pertenencia que emerge en el presente.

Esta conducta inicial, fuertemente tradicionalista, de los “nuevos” tangueros, que parecía conducir a una fractura con el desarrollo creativo de nuestra música popular ejercido por las generaciones anteriores, se consolidó con la aparición de un circuito del tango: cultural – comercial – turístico – exportador, estatal y privado, que produjo fuentes de trabajo, no plenas, pero inusuales en la historia cercana del oficio.

Continuará…

 

*Ricardo Capellano es músico, compositor, concertista y ensayista. Se desempeña como Director del Taller de Composición del Conservatorio Superior de Música Manuel de Falla. Su discografía incluye El mundo cero (1993), Cartas al espectro (1994), Hipótesis tango (2007), Concierto tanguero para guitarra sola (2012). Publicó además La música popular. Acontecimientos y confluencias (Atuel 2004), entre otros numerosos ensayos.

 

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