Necesidad de decir, necesidad de escuchar. Necesidad de encontrarse para decir y escuchar. Para reconocerse en lo dicho. De ese impulso vital de la condición humana está hecha la canción, la música, el arte. Y eso es lo que pusieron en escena, tan explícitamente, los conciertos que dieron, juntas, Teresa Parodi y Liliana Herrero, en dos teatros Xirgu a sala llena. El último fue el 23 de febrero pasado, y el modo en que cada canción fue aclamada y agradecida, el clima que se generó, habló a las claras de esa necesidad.

Parodi y Herrero son dos artistas que dicen en presente pero también hablan por sus obras. La de una cantautora que ha renovado la canción del Litoral y que ha sabido pintar retratos humanos bellos y precisos, en el caso de la primera; la de una intérprete capaz de hurgar en cada canción hasta encontrar el núcleo exacto de esa belleza, para hacerla propia, la segunda.  La reunión de las dos en el escenario actualiza esas obras, extensas en ambos casos, y al mismo tiempo propone nuevas luces, reveladoras por momentos.

La que emocionó en Aguafuertes, los versos del poeta paraguayo Elvio Romero que Parodi musicalizó, por ejemplo. O la de Imposible, la vidala de que da nombre al último disco de Herrero, con la inquietante autoría, contó, del teniente Juan Carlos Franco Páez, quien tras ser defensor de oficio del anarquista Severino Di Giovanni, muriera envenenado en una cena de “camaradería”. Junto a las anfitrionas se lucieron los guitarristas Juan Manuel Colombo y Pedro Rossi, también en momentos personales, con solos de cada uno.

Parodi y Herrero ya se habían reunido una vez, hace once años ya,
en el teatro Coliseo, con Mercedes Sosa de invitada en un par de temas.

El repertorio se desplegó además entre Atahualpa Yupanqu (Los hermanos), Aníbal Sampayo (Garzas viajeras), Daniel Viglietti (Por ellos canto), Violeta Parra (La carta) y Silvio Rodríguez (Rabo de nube). También Falú y Dávalos con Las golondrinas que, en la versión de Herrero, remite a las colas frente a las embajadas y los jóvenes yéndose del país en 2001, época en la que la grabó para incluirla en su disco Confesión del viento. Intercalados entre las canciones, versos de Edgar Bayley o de Alfredo Zitarrosa completaron un marco de sentido que durante toda la noche se respiró intenso.

El otro pilar fue el de la obra de la misma Parodi, que muestra su potencia y además refleja el tiempo presente, más actual que nunca. Por ejemplo en los retratos que tan bien sabe pintar la correntina, como La Florentina o Mba e pa Doña Froilana (“Cómo está, Doña Froilana”), como en los ya himnos Tarumba, Esa musiquita o El otro país.

Casi siempre compartiendo los versos, Parodi y Herrero mostraron estas canciones que de varias maneras son manifiestos de una época que no termina. Así fueron escuchadas por un público demostrativo y fervoroso, que pareció agradecerlas por algo que estaba adentro, pero también afuera de cada tema.

Parodi y Herrero ya se habían reunido una vez, hace once años ya, en el teatro Coliseo, y con Mercedes Sosa de invitada en un par de temas. El camino que marcan sigue siendo el mismo; hoy se advierte como una necesidad bien concreta y palpable.

La entrada del teatro lució el cartel de “Localidades agotadas”, junto al anuncio de Canto libre, así se llamaba el espectáculo. Todos los que lo disfrutaron celebraron esa posibilidad.

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