En esta edición 2017 de los Premios Gardel, una de las sonrientes estatuillas irá para Juan Carlos Monasterio, hombre fuerte de Sony en Córdoba, el productor que supo vender algo así como 16 millones de discos de música popular en la región centro. Reproducimos esta nota de Germán Arrascaeta, publicada en el suplemento Temas de la Voz del Interior en la edición del 31 de agosto de 2008. Un buen relato sobre cómo podía escuchar una ciudad en el auge de la era del disco.

Juan Carlos Monasterio es productor regional de Sony-BMG. Entre sus funciones, se destaca la de impulsar ediciones desde la zona centro y mantener un promedio de venta, rápido y furioso, generado por él mismo desde mediados de la década de 1970, cuando llegó a Córdoba procedente de Tigre, provincia de Buenos Aires.

En la última convención realizada por la multinacional, Monasterio fue homenajeado por Afo Verde, su presidente, por “la alta eficacia de sus productos, que consiguen vender 80 mil copias como si nada”. Aplausos para “el flaco” que fue clave, entre otros sectores, en el desarrollo del negocio cuartetero en las décadas de 1980 y 1990.

Ahora bien, ¿cómo llegó hasta aquí? “Entré a la compañía en 1968. Me encantaba la música desde chico, y lo único que había de lujo en mi casa era la radio. Vivía en el Tigre, en la isla. Recuerdo que un empleado del Banco Nación (imaginate ser bancario en esa época), que tenía dos hijas que eran mis amigas, les había regalado un Winco. Era algo suntuoso. Con mis ahorros, lo único que me podía comprar era un simple, de 45 RPM. Elegí Palito Ortega. Me fascinaba”, recuerda.

Monasterio llegó a la RCA Victor luego de trabajar como taxista y de ser víctima de dos asaltos. “Manejaba un taxi y me asaltaron dos veces. Lo comenté en la casa de mi novia (que hoy es mi mujer), cuya hermana era la enfermera de la compañía. Me recomendó para trabajar en el extremo más bajo del escalafón: en el taller de fundido, donde trabajaban inmigrantes con más resistencia al calor. Por entonces, la compañía estaba en Saavedra y tenía 700 empleados. A las dos semanas, no daba más. Agarré el bolso y dije ‘me voy’. Pero tuve suerte, porque cuando voy cruzando el patio me topo con el jefe de personal. Como buen patrón, me dice ‘ya estás enfermo’. ‘No, jefe, me voy’. Y el tipo me retiene como vendedor”, completa.

Monasterio recuerda que, cuando él accedió a la cocina de la música, “era el tiempo en que los artistas iban a la prensa para ver cómo se hacía todo. Pensaban que hacíamos el disco y después lo llevábamos a un lugar a grabarlo. Nadie sabía cómo ‘sonaba’ el disco. Cómo era esa vibración que producía el sonido”.

Otro detalle de época: empezaron a salir los vinilos de Alta tensión en colores. “Salíamos con 80 mil de novedad. Fue un golazo. La pasta con la que se hace el vinilo es blanca, y se tiñe en negro porque ese color te permite ver los detalles. Pero la jugada con los de color era mezclar al tuntún, sin teñir, y que saliera como saliera. Ningún disco resultaba igual a otro”.

Ya como vendedor, y con un sueldo 10 veces superior al de un tallerista, a Monasterio le toca la zona sur del Gran Buenos Aires. “Empecé a vender discos simples. Andaba con los discos arriba del auto, de a miles. Después, me proponen el sur, Neuquén, donde me manejaba con un Ami 8. Volaba hasta allá y agarraba el Ami 8 y empezaba un trabajo agotador. Volvía a mi casa de Buenos Aires 45 días después. Y me iba bien, tanto que, un buen día, mi jefe me dice “¿no me acompañás a Córdoba?” El tipo me veía con pasta, pero yo no tenía idea hacia dónde iba.

–¿Cuándo llegás acá?

–Una semana antes de que jugaran Talleres e Independiente la famosa final. Y yo soy de Independiente, así que di la vuelta olímpica en el lobby del Savoy. Una de las pibas del hotel me sacó la ropa afuera.

–¿Cuáles fueron las primeras impresiones de este mercado?

–Alucinante. Nunca había visto tanta gente junta. La calle San Martín giraba en torno a la música. Había un tipo que manejaba la batuta, se llamaba Carlos Maldonado, el dueño de Feria Musical. Si a Maldonado le caías bien, te podía ir bien.

–¿Y cómo te acercaste a él?

–Tenía como novedad el disco de Rolán y me atiende el segundo de Maldonado. “Me lo tiene que dejar al disco”, me ordenó, y yo desconfiaba. “Porteño, en Córdoba. Voy muerto”, pensaba. Al segundo día me atiende Maldonado. “Bueno, jefe, el disco está muy bueno, mándeme tres mil casetes y 26 mil long play. De los nervios, anoté 26. Cuando voy a Sanguinetti, otra disquería del centro, comento la situación, incrédulo, y me dicen: “Maldonado te pidió poco; yo te iba a pedir 8 mil, que soy un piojo”. Vendí 50 mil discos de Rolán.

–Córdoba fue un hallazgo, entonces.

–Esta plaza explotaba de música. El puesto de vendedor en ese momento mataba. Y lo bueno era tener música internacional. ¿Cómo explicarte lo que era Córdoba? Hasta llegar aquí, nunca había visto una cajera en una disquería. En Buenos Aires, jamás. Maldonado me pedía tangos campestres y vendía ocho mil. Recuerdo que traje a Boney M y conseguí la vidriera de Vértice para un video. Maldonado me ayudó mucho. Ya establecido, recuerdo que de Chébere vendí 60 mil discos dobles; inventé a Trulalá.

–¿Y a “la Mona”?

–Cuando empecé, él estaba en el Cuarteto de Oro y, ya solista, en Polygram. Con la compañía tenemos seis discos de Jiménez; entre ellos, Raza negra y Mona mix, del que vendimos 30 mil.

Monasterio también fue responsable de un “grandes éxitos” de Jiménez que, a pesar de que nació como un intento de entorpecer su pasaje a Warner, terminó como un homenaje categórico. Es que Monero de alma fue un disco triple, con 92 temas enganchados y procedentes de catálogos de varias compañías. “Era un disco imposible de hacer –revisa Monasterio–. Me costó, pero Afo me ayudó mucho. Porque, por ejemplo, Universal, con derechos sobre Polygram, me pedía cosas y se las daba a cambio de temas de Jiménez. Para elegir el repertorio, hice un censo entre los pibes que trabajan en los mostradores de las disquerías del país. Fue un laburazo que Carlos terminó reconociendo. Si hasta hice fabricar 26 mil medallas en Chile para acompañar a la primera edición. Fue disco de oro, claro”.

–¿Y? ¿Desaparece el CD?

–El CD tiene mucha vida. En Sony-BMG acabamos de retirar el casete y no estoy muy de acuerdo. Todavía vienen autos con pasacasetes. Cuando saco un producto regional como Palmareños, Pastor Luna, que venden 10 mil unidades, 5 mil son casetes. Tengo un hijo que trabaja para un importador y en Córdoba vende entre 8 mil y 10 mil casetes. Mi camioneta es modelo 2007 y tiene casete. Y con respecto al disco, hay que buscarle la vuelta hasta que aparezca un nuevo formato.

–¿Bajar el precio?

–Depende. El disco de Trulalá cuesta lo que un pollo: 20 pesos, pero los estudios cuestan 80 pesos la hora. Más barato no se puede. Mi receta es ir al casillero que nadie tiene ni explota. Si al amante del folklore tradicional le armo el disco que le gusta, tiene que pedirlo así y el comerciante lo reconoce en el acto. Es el caso de La peñita de Juntos. Si el cliente pide a algunos de sus artistas por separado, puede pasar que el pibe que lo atienda no los conozca. Pero eso no ocurre si se los agrupás en un solo título.

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