Clickeá el auricular, arriba a la derecha, y escuchá Caminando venceremos, por Víctor Heredia

Desde su primera edición, en 1961 cuando escuchar y cantar folklore era un hábito difundido más allá de clases sociales y divisiones generacionales, el Festival de Cosquín y el país se contextualizaron recíprocamente. En el bien y en el mal, lo que le sucedía a uno de alguna manera se reflejaba en el otro. A lo largo de esa línea continua de impulsos y devoluciones pasaron gobiernos, comisiones, presidentes más o menos legítimos y cantores más o menos democráticos.
Para esta 29ª edición, Cosquín fue una vez más el inconsciente de un país con sus instituciones amenazadas y sumido en una profunda crisis. El plan económico “Primavera”, que el gobierno de Raúl Alfonsín había lanzado en agosto de 1988 para controlar una inflación galopante, a partir del congelamiento de precios, salarios y tarifas, y para conseguir apoyo de los acreedores externos con la disminución del déficit fiscal, fracasó. No contó con el sostén empresarial, político y social necesario. En diciembre de ese año se produjo un levantamiento militar de los “carapintadas” liderados por el coronel nacionalista Mohamed Alí Seineldín. Enseguida se agudizó la crisis en el suministro de electricidad y poco después se produjo el asalto al cuartel de La Tablada. En medio de un clima electoral –las elecciones estaban previstas para mayo de 1989– el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional retiraban su respaldo a la Argentina, dejando al gobierno de Alfonsín a la deriva.
Aquel país se traducía en un Festival con una programación desteñida y sin novedades, incapaz de precisar un rumbo artístico definido. En esta edición apenas algunos nombres salvaron una grilla de artistas limitada y, como siempre, lo mejor salió de la euforia de un público que más que nunca necesitaba escucharse en sus cantores. Este año el Festival contó con el peso simbólico que significaba la presencia de Atahualpa Yupanqui. Ya convertido en leyenda, Yupanqui presidió la noche inaugural y su breve actuación, de no más de diez minutos, dejó un halo que se mantuvo hasta la noche final.
Después de que por el escenario que lleva su nombre pasaran tres formas muy distintas de hacer sonar a Córdoba –Los Del Suquía, Francisco Heredia y Carlos Di Fulvio–, además de Ramona Galarza y Rosendo y Ofelia, Don Ata entró a escena. Habían pasado siete minutos de la medianoche. Guitarra en mano y la emoción ilegible en el gesto, el cantor se detuvo en el fondo de palco inmenso y esperó que el aplauso lo llenara todo, para recién entonces comenzar a avanzar lentamente hacia la silla solitaria al pie del micrófono. Empezó a decir en décimas, por milonga: “Empujao por el destino/ también yo abrazo un madero,/ crucificado trovero/ voy yendo por los caminos./ Mis cantos de peregrino/ no son salmos ni sermones/ sino sencillas canciones/ de la tierra en que nací,/ lucecitas que prendí/ pa’ alumbrar los corazones”. Recitó después El árbol, el río y el hombre, de Julio Cortazar, y terminó con Los yuyitos de mi tierra, otra milonga. Recibió una placa recordatoria y se retiró, aplaudido y reverenciado.

Este año el Premio Consagración fue compartido entre el
chaqueño Zitto Segovia y el misionero Chango Spasiuk.
El Premio Revelación, también dividido, fue para Juan Carlos Marín
y el Grupo Estilo, de Cosquín.

La programación se articuló, en líneas generales, de la misma manera que el año anterior: cuatro bloques para televisión hasta después de la medianoche y a continuación la cacharpaya de Tuna Esper, hasta el alba. El esquema, funcional a la televisión, necesitaba figuras atractivas –si cantaban bien mejor– y a partir de esa selección se creó una férrea jerarquía entre eventuales dueños de la noche y figuras secundarias. Los Chalchaleros, Facundo Cabral, Eduardo Falú, Los Trovadores, Antonio Tarragó Ros, Horacio Guarany, Ariel Ramírez, Jairo, Teresa Parodi y algunos pocos más de la programación estaban en condiciones de respaldar con su nombre tal responsabilidad. En ese contexto, los artistas que llegaban del Pre Cosquín pudieron ocupar espacios centrales excepcionalmente. Este año la calidad de los ganadores del concurso previo fue muy alta; de ahí salieron la cantante Marita Londra, el bandoneonista Juan Marín, los bailarines José Zavala y Juan Luna, el conjunto vocal Libre Voz y el grupo instrumental Khorus.

Este año el Festival contó con el peso simbólico que significaba
la presencia de Atahualpa Yupanqui. Ya convertido en leyenda,
Yupanqui presidió la noche inaugural y su breve actuación.

Los Huanca Hua que se reunieron con Chango y Marián Farías Gómez; Daniel Toro cantó con su hijo Claudio; Santiago Ayala “El Chúcaro” y Norma Viola recibieron el homenaje del Festival y bailaron acompañados por Los Tucu Tucu; Gerardo López también fue homenajeado y cantó con Eduardo Madeo y con Los Cantores del Alba. No fueron muchos más los nombres ligados a emociones multitudinarias que se sumaron al éxito descontado de los grandes nombres. “Qué le pasa al Chango Nieto, que siendo alguien que llegó a poseer un repertorio interesante se limita a cantar una selección de zambas de los ‘60? ¿Qué les pasa a Los Hermanos Cuestas, que dejaron de lado a Linares Cardozo y la chamarrita agreste y zumbona de sus principios, yendo a un repertorio ramplón, lleno de lugares comunes?”, planteaba el cronista del diario Clarín.

Zitto Segovia

El Dúo Coplanacu acompañado por violines; la voz de Rosario Ayala; la calidad del grupo Santaires; Los Carabajal, La Chacarerata Santiagueña y Elpidio Herrera con su sacha guitarra; la versión de Zamba de Lozano del bandoneonista salteño Juan Carlos Marín; un acordeonista misionero de veinte años llamado Chango Spasiuk, que como parte de la delegación de su provincia intervino en la representación de un casamiento ucraniano y después se mostró como solista. Esas fueron algunas de la muestras de vitalidad que ofreció el escenario.
El último domingo de Festival fue jornada de duelo nacional y la noche comenzó de manera inusual. La Misa criolla, que desde hacía un par de años se había instalado como tradición a las 11 de la mañana, con entrada gratuita, se llevó a cabo en la Plaza Próspero Molina a las 23, como un espectáculo pago. Recién después de la medianoche se inició el festival propiamente dicho, con grito, fuegos artificiales y campanas. Los protagonistas de la Misa fueron Ariel Ramírez, Zamba Quipildor, el Cuarteto de los Andes y el Coro Polifónico de Cosquín, que a último momento cubrió la deserción del Coro del Banco de la Provincia de Buenos Aires, programado originalmente. Reflejando la interna peronista de entonces, ese coro, que políticamente respondía al sector de Antonio Cafiero, se negó a cantar mientras Quipildor, menemista, fuera el solista.

La 29ª edición fue la transición hacia la celebración de los 30 años.
Si el resultado artístico no fue excepcional, quedó una vez más
la marca del público, que concurrió a la Plaza y con la misma
intensidad aplaudió, criticó, se emocionó y se indignó.

Entrada la madrugada se entregaron los premios y Jairo y Teresa Parodi cerraron la fiesta con sus actuaciones. Este año el Premio Consagración fue compartido entre el chaqueño Zitto Segovia y el misionero Chango Spasiuk. El Premio Revelación, también dividido, fue para Juan Carlos Marín y el Grupo Estilo, de Cosquín.
La 29ª edición resultó una transición hacia la celebración de los 30 años que se aproximaba. Si el resultado artístico no fue excepcional, quedó una vez más la marca del público, que concurrió a la Plaza y con la misma intensidad aplaudió, criticó, se emocionó y se indignó. También por eso Cosquín seguía siendo un lugar de encuentro, en el que se concentraban el espíritu y la sensibilidad de una sociedad. No fue casual que el gobernador de Entre Ríos, Jorge Busti, eligiera el contexto del Festival para comunicar a la prensa nacional que había firmado el decreto que imponía desde marzo de ese año la enseñanza del folklore en las escuelas públicas de su provincia.

Suscribite al Newsletter

emepeá ®2016 - Todos los derechos registrados

Diseño y Desarrollo: Amplifica