Pasaron muchas cosas en la 28ª edición del Festival Nacional de Folklore. Entre lo nuevo, lo viejo y lo de siempre, la estructura de la programación se dividió en dos partes bien diferenciadas: entre las 22 y las 24 transcurría la más importante, la televisada, articulada a su vez en cuatro bloques de la misma duración y distinto contenido. Estas dos horas centrales de cada luna fueron protagonizadas por figuras relevantes y atractivas de una grilla que sin embargo no pudo contar con artistas de la dimensión de Atahualpa Yupanqui y Mercedes Sosa. En la segunda parte, después del cierre de la transmisión televisiva y hasta el alba, brilló la cacharpaya. Allí, como en las viejas épocas de Cosquín, el público decidía el tiempo de actuación de los artistas con sus aplausos, gritos y otras formas de manifestar sensaciones. En ese espacio, conducido por Tuna Esper, se concentraba lo que muchos reconocían como la esencia del Festival.

Cosquín 1988 comenzó como todos los años, con la expectativa que genera el “milagro” traducida en una Plaza repleta y lista para asistir a su ceremonia, hecha de despliegues coreográficos e himnos. Argentino Luna inauguró la fiesta recordando a los progenitores –desde Jaime Dávalos y Jorge Cafrune hasta Hernán Figueroa Reyes– mientras en las calles una multitud caminaba entre la Plaza San Martín, sede de la Feria Nacional de Artesanías, hasta la Próspero Molina.
Este año se convocó a un director de escena, Francisco “Pancho” Guerrero. Los guiones fueron de Luis Córdoba, y Mabel Pimentel y Oscar Murillo, al frente del Ballet Brandsen, tuvieron a su cargo las coreografías. Julio Marbiz, que semanas antes había recibido un Premio Konex, siguió al frente de la conducción del Festival. Suna Rocha –impactante por su presencia y por su voz– resultó Consagración. Otras dos mujeres, Laura Albarracín y Susana Castro, fueron Revelación. Dos agrupaciones emblemáticas celebraron sus aniversarios redondos: Los Chalchaleros, que cumplían 40 años con la música, y Los Hermanos Abalos, que ya llevaban 50 años de actividad.
Eduardo Falú interpretó su Suite argentina para guitarra y orquesta. Ariel Ramírez, con Zamba Quipildor y Domingo Cura, mostró sus obras Misa criolla y Navidad nuestra, en la mañana del último domingo, repitiendo una actuación especial diurna que al año anterior había sido muy bien recibida. Suma Paz, Marta Pirén y Hugo Giménez Agüero elevaron el canto del Sur. Carlos Di Fulvio no ofreció su Canto brocheriano, como estaba anunciado, pero mostró su esencia de talentoso solista y creador certero. Sixto Palavecino tocó con Suna Rocha y con León Gieco; Tarragó Ros estrenó Chamarrita del laburante; Antonio Tormo cantó El rancho e’ la Cambicha; Los Indios Tacunau tocaron La Marcha de San Lorenzo; el tucumano Lucho Hoyos Mostró su estilo particular. Marián Farías Gómez, Ángela Irene, Adelina Villanueva y Viviana Vigil hicieron Mujeres argentinas; Facundo Cabral no repitió sus caudalosas caudalosas actuaciones porque el frío de la madrugada “le congeló las manos”.

Cuando llegó Carlitos Jiménez el aire bramaba,
pero de la actuación que debía durar más de una hora,
sólo pudo cumplir con cuatro temas

Este año Jairo debutó en el Festival y cantó con Los Huaca Hua. Gerardo López y Eduardo Madeo se reunieron para cantar El quiaqueño; Los Trovadores presentaron Los oficios de Pedro Changa junto a su autor, Armando Tejada Gómez; el humorista e imitador Mario Sapag fue más silbado que comprendido. Horacio Guarany rindió homenaje a los cantores en Canto agradecido, con la presencia de Martha de los Ríos. El charango de Jaime Torres dialogó con el cuatro del venezolano Hernán Gamboa; actuó también la delegación de Kawamata, la Cosquín oriental. Los ganadores del Pre Cosquín protestaron por ser incluidos en los momentos marginales de la programación.
Pasaron muchas cosas, pero aquella edición del Festival sería recordada como “el año en que Carlitos ‘La Mona’ Jiménez cantó en Cosquín”.
La experiencia de introducir el cuarteto como género representativo de Córdoba, que el año anterior había alcanzado el éxito esperado con la actuación del Cuarteto Leo, se truncó abruptamente; no fue por razones musicales y mucho menos por la discusión sobre si podía incluirse entre los géneros del folklore argentino. La gran cantidad de gente que entró a la Plaza mientras “La Mona” actuaba desencadenó una serie de disturbios que impidieron que el show se cumpliera según lo programado.

La calma retornó cuando los fans más resistentes de Jiménez
aceptaron que el ídolo no volvería al escenario.

La presencia de Jiménez había llevado a la ciudad otro público, o por lo menos un público con una actitud distinta del que habitualmente concurre a la Próspero Molina. Desde muy temprano, durante una jornada que llegó a los 41 grados de temperatura, centenares de ómnibus comenzaron a llegar desde Córdoba. Poco antes del inicio de la noche, eran más de 70.000 personas las que había en los alrededores de la Plaza. A las 22, cuando después de la tradicional apertura comenzó el desfile de artistas, la Plaza estaba repleta. Pasaron Los Tucu Tucu, Luis Landriscina, Ramona Galarza y Francisco Heredia, que con su canción Córdoba va anunció El casamiento de La Papa, un cuadro costumbrista que tuvo que terminar a las apuradas, en un clima tenso, ante las exigencias de los fans que en ese momento irrumpían en la Plaza para escuchar a su ídolo.
Cuando llegó Carlitos Jiménez el aire bramaba, pero de la actuación que debía durar más de una hora, sólo pudo cumplir con cuatro temas: Con una agujita de oro, Quién se tomó todo el vino, Mi gallo es bien gallito y Nuestro estilo cordobés. Poco antes de la finalización de la transmisión televisiva mucha gente ubicada en las primeras filas tuvo que subir como pudo al escenario, buscando reparo de la multitud que avanzaba desde atrás, empujando para ganar un lugar cercano al ídolo en su momento histórico. Jiménez trató de tranquilizar a su público: “¡Háganme quedar bien, macho!”. Pero el desborde estaba en acto. En los forcejeos de la avalancha se produjeron incidentes que dejaron un saldo nunca antes verificado en una noche de Festival: tras la suspensión del show por disturbios hubo personas hospitalizadas, algunos con heridas de consideración. Un joven de 22 años fue herido de arma blanca y otro de 17 cayó del poste de iluminación al que se había trepado al recibir una descarga eléctrica. Hubo también numerosos detenidos y algunas butacas y barras de contención destrozadas.

Más tarde muchos acudirían al llamado de las peñas;
este año, además de las tradicionales del Club de Ajedrez y
la Peña Oficial, en la Casa de la Cultura se inauguró la Peña
Agustín Tosco,
del Frente Amplio de Liberación

En lo que algunos recuerdan como “la noche negra de Cosquín”, el Festival recuperó su curso –que estuvo interrumpido durante más de media hora– cuando el maestro de ceremonias Julio Marbiz largó al ruedo a la delegación de Paraguay, que heroicamente logró aplacar los ánimos. La calma retornó cuando los fans más resistentes de Jiménez aceptaron que el ídolo no volvería al escenario. En la ciudad agitada y circundada por la policía, el Festival se extendió sólo hasta las 3 de la mañana, como para cumplir con lo programado. Tras los hechos, mientras se trataba de digerir y entender lo sucedido, el intendente de Cosquín Miguel Ángel Sánchez aseguraba a los medios: “Dimos la oportunidad a algo distinto, que no se puede negar”. Detallaba además que el número de policías para esa noche fue de quinientos efectivos, contra los cien habituales, y que por el momento no era el caso de pensar en repetir la experiencia. “Este fenómeno nos desborda”, concluía.
Más tarde muchos acudirían al llamado de las peñas; este año, además de las tradicionales del Club de Ajedrez y la Peña Oficial, en la Casa de la Cultura se inauguró la Peña Agustín Tosco, del Frente Amplio de Liberación, que funcionó en las cercanías de la terminal de ómnibus. En esta edición también tuvo lugar el Segundo Congreso del Hombre Argentino, su Folklore, su Historia y su Música –este año se llamó así–, además de una muestra multidisciplinaria titulada Cosquín esencia. Pero el marco cultural del Festival estaba casi agotado, devorado por la maquinaria de la Plaza Mayor. La experiencia de la televisación, que había comenzado en 1884, donde se ponía en juego mucho dinero de publicidad, había corrido la idea de Festival hacia una espectacularización mayor. Cosquín apostaba entonces a la dimensión del espectáculo; para eso necesitaba figuras de gran magnetismo y una forma de arraigo popular acaso distinta a la de la tradición que sostuvo sus orígenes. Desde lugares diversos llegaron para quedarse nombres que marcarían el futuro del Festival, como León Gieco y Jairo. “La Mona” no funcionó por razones ajenas al aspecto musical, que tenía una importancia relativa en este esquema. El método del ensayo, prueba y error, continuaría por varios años.

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