Clickeá el auricular, arriba a la derecha, y escuchá La Sixto violín, por Raúl Carnota

Desde muchos puntos de vista –fundamentalmente desde los parámetros de calidad y afluencia de público– la 26° edición del Festival Nacional de Folklore podía considerarse bien lograda y exitosa. Sin embargo, al año siguiente no se mantuvo ese modelo de programación. La 27° edición del Festival adoptó un criterio de programación diferente: cada región geográfica del país tendría su noche, con su música, su poesía y sus artistas. La idea era pintoresca, pero resultaba poco practicable en un contexto en el que los cruces y los diálogos entre los géneros eran una constante, y podía considerarse un arma de doble filo si lo que se buscaba era una programación pareja.

En la noche de Santiago del Estero, por ejemplo, había muchos más artistas que en la de Cuyo, que en esa época no mostraba representantes genuinos de peso. Y Córdoba, si bien siempre tuvo personajes y personalidades en el folklore, nunca cultivó un género distintivo. En una entrevista publicada por el diario Córdoba en enero de 1961, Cristino Tapia, eminente creador cordobés también conocido como “El Juglar de la Segunda”, decía a los 70 años que “el folklore cordobés existe, pero en poca cantidad”, y aseguraba que el estilo –género tradicionalmente ligado a la zona pampeana– es “netamente cordobés”. “Son sentidos y por lo general traducen el sentimiento de nuestra raza –explicaba–. La música cordobesa tiene como elemento personal que quien la escucha llora”.
A falta de estilos, y sin necesidad de llorar en lugar de escuchar, para salir de la encrucijada Córdoba depositó su representatividad en el cuarteto, posiblemente su más nueva expresión en materia de música. Tan nueva que considerarla dentro del folklore parecía una herejía para algunos. Lo cierto es que en base a ese modelo de programación, por primera vez actuaría en Cosquín un conjunto de cuartetos. “Llegó la hora de incorporar este auténtico fenómeno popular de nuestra provincia”, anunciaba el intendente de Cosquín, Víctor González, natural presidente de la Comisión Municipal de Folklore. Como era de esperar, la pertenencia o no de la música bailable cordobesa al acervo folklórico fue la gran polémica de esa edición.
Sin mayores problemas, con aplausos, mucha alegría y una gran cantidad de público, Córdoba tuvo su noche el viernes. Entre Chany Suárez, Carlos Di Fulvio, Los del Suquía, Los de Alberdi, Suna Rocha, Cantoral, Negro Álvarez, Cacho Buenaventura, Los Cuatro de Córdoba, el Ballet Amaranto, Juan Bautista, Vocal Antares y Quinto Sol, estuvo también el mítico Cuarteto Leo, el pionero, el inventor, con Leonor Marzano y Miguel Gelfo. Muchos recordarían aquella noche como la que hizo bailar a la gente por las calles. Un hito que sin embargo no tuvo continuidad en las sucesivas ediciones del Festival.
En la programación estructurada por regiones, la primera noche, después de la apertura con la ceremonia del grito y los himnos –el Nacional y el de Cosquín–, se presentó Argentina hacia el Sur. La presunción, lógica por cierto, de que la música surera por su carácter reflexivo tiende a lo que las brigadas festivaleras llamarían “triste”, fue en parte contrastada por una realidad que llevaron adelante artistas tan distintos entre sí como Argentino Luna, Marta Pirén, Los Hermanos Berbel, Facundo Cabral, Viviana Vigil, Los Arroyeños, Alberto Merlo, Hugo Giménez Agüero, Ángela Irene y el “Chino” Martínez. La segunda noche fue para Cuyo. Mendoza, San Juan y San Luis protagonizaron Entre cuecas y tonadas, un programa que con muy poco para mostrar dejó en claro que sin una renovación, la música cuyana quedaría relegada de un mapa sonoro que en otras latitudes se planteaba nuevas preguntas. No bastó la elegancia arraigada de Jorge Viñas, la buena voz de Mónica Abraham –ganadora del Pre Cosquín–, la prestancia de la guitarra de José Zavala, Antonio Tormo en su ocaso, Los Cantores de Quilla Huasi evocando las mismas cosas se siempre y Los Visconti cantando Los 60 granaderos.

En la noche de Santiago del Estero, por ejemplo, había muchos
más artistas que en la de Cuyo, que en esa época no mostraba
representantes genuinos de peso. Y Córdoba, si bien siempre tuvo
personajes y personalidades en el folklore, nunca cultivó un género distintivo.

La gente acompañó ese primer fin de semana. A pesar de que el país no atravesaba un buen momento económico, la respuesta del público, en la noche inaugural y en las que siguieron, fue maravillosa, en cantidad e intensidad. “En 1987 se vendieron más entradas que en los años anteriores y los hombres que ya tienen varios encuentros vistos puntualizaban que también los alrededores de la Plaza (Próspero) Molina contaron con un marco más apretado y masivo que nunca”, puntualizó el diario Clarín. La noche de Salta resultó más variada y con mayores atractivos que las anteriores. Entre la originalidad armónica y vocal del Dúo Salteño –todavía considerada extrañeza más que quintaesencia bagualera– hasta el estilo simple y asentado de Los Chalchaleros, hubo gran cantidad de matices, que traducidos en términos artísticos hablaron de la riqueza de una zona. Los Cantores del Alba, Eduardo Madeo, Las Voces de Orán, Zamba Quipildor, Isamara y Ariel Petrocelli, trazaron un paisaje de coplas criollas. Esta noche canta Salta, se llamó la noche, que concluyó cantando, bien entrada la madrugada, en la cacharpaya.

El Litoral también tuvo su noche, con lluvia y todo. Fue una
de las más redondas artísticamente, y por la calidad que mostró
sirvió además para reivindicar una música a menudo subestimada.

Nostalgias santiagueñas fue el título de la noche dedicada a Santiago del Estero, una provincia que si siempre estuvo presente en el mapa musical argentino, en esos años había dado importantes señales de vitalidad, con muchos de los artistas que propuso en la Plaza. Con menos público del esperado, los santiagueños pusieron al viento coscoíno su acento inconfundible. Todos los artistas que participaron estuvieron presentes todo el tiempo sobre el escenario. La convivencia de “vanguardistas” y “tradicionalistas” –en ambos casos la adjetivación puede ser excesiva– transmitió una idea de comunión muy agradable para un público como el del folklore que, acaso como legítima defensa, no deja de idealizar. Los hermanos Abalos –Roberto, Machingo, Vitillo, Machaco y Adolfo–, hicieron lo que mejor saben hacer: espectáculo folklórico. Marián Farías Gómez cantó una excelente versión de la hermosa Zamba de Anta, y Raúl Carnota estuvo entre los santiagueños como pez en el agua. También estuvieron Los Carabajal, el Dúo Coplanacu y Sixto Palavecino, que cantó en quichua junto a sus tres hijos, Los Manseros Santiagueños, Los Hermanos Jiménez y La Chacarerata santiagueña.

El honor del cierre, el último domingo, quedó para Tucumán,
que naturalmente tuvo en Mercedes Sosa a su estrella.
Esa noche actuaron también Santiago Ayala “El Chúcaro” y Norma Viola.

Viva Jujuy, la noche de esa provincia, tuvo dos momentos centrales, condimentados con la presencia de Daniel Navarro, joven charanguista que llegó del Pre Cosquín, y los conjuntos andinos Los Laikas y Los Tekas. El primer momento llevó el sello de Jaime Torres, aunque no pudo estar presente debido a un accidente. La idea del charanguista se llevó a cabo con la presentación de un espectáculo etno-litúrgico, con la participación de las comparsas humahuaqueñas Los solteros, Los Beteranos de Tilcara –así con “B”–, las Hermanas Cari y Fortunato Ramos, además de un coro. El segundo momento no tenía mucha relación aparente con Jujuy, pero fue la atracción de la noche: Horacio Guarany. “El Potro” protagonizó la actuación más extensa del Festival –más de una hora y media de show–, recorrió buena parte de su repertorio, habló con “su” público, bromeó, se enojó, se enterneció y saludó con su guitarra en alto antes de retirarse. Después, Los Tucu Tucu mostraron su oficio y mantuvieron caliente una Plaza a la que recién a las 7 de la mañana se le dio por mirar el reloj.
El Litoral también tuvo su noche, con lluvia y todo. Fue una de las más redondas artísticamente, y por la calidad que mostró sirvió además para reivindicar una música a menudo subestimada. Era previsible que con figuras de la fuerza simbólica y la presencia musical de Damasio Esquivel, Raúl Barboza o Ramona Galarza, pasado y presente dialogaran con fluidez. Así lo entendió el público, esa parte fundamental del espectáculo, que dos días antes había agotado las entradas para esta noche y que en la Plaza tuvo que ganarle la pulseada a una lluvia que por momentos parecía llevarse al Festival. María Ofelia, Zitto Segovia, Conjunto Ivotí –alegres practicantes de la ortodoxia bailantera–, Los Hermanos Cuestas, Orlando Veracruz y su perfil más decidor, Jovita Díaz que volvía a Cosquín y la eterna “Novia del Paraná”, la gran Ramona Galarza.

Si el Festival de 1986 fue el de las vanguardias,
con una canción más politizada –dos caras de una misma moneda–,
este volvía en busca de un cariz más tradicional.

El tango no tuvo representantes, posiblemente porque a pocos kilómetros de Cosquín, La Falda estaba programando su tradicional festival de música ciudadana para la primera semana de febrero. Sí hubo una jornada latinoamericana, que reunió distintas expresiones que no sólo no encontraron un hilo conductor, sino que en muchos sentidos resultaron opuestas. La clase de Ariel Ramírez, con Domingo Cura y el grupo Huancara, se contrapuso por ejemplo a la actuación de la criticada Isabel Parra. “Destrozó la pieza Volver a los 17 con su voz y su guitarra (estaba insólitamente desafinada y chirriante)”, señaló Leonardo Coire del diario Clarín. Sonaron también el trío Vitale-Baraj-González –sin González, que fue suplantado por Luis Borda–, Los Mariachis Torales, el Dúo Chirimía, Carlos Torres Vila y Armando Tejada Gómez. En esa mezcla León Gieco presentó De Ushuaia a La Quiaca y brilló la puertorriqueña Lucecita Benítez.
El honor del cierre, el último domingo, quedó para Tucumán, que naturalmente tuvo en Mercedes Sosa a su estrella. Esa noche actuaron también Santiago Ayala “El Chúcaro” y Norma Viola. Esa mañana también hubo actividad en la Plaza Próspero Molina, se presentó la Misa criolla interpretada por Ariel Ramírez, Domingo Cura, Zamba Quipildor, el grupo Huancara y el Coro Polifónico de Cosquín.
El Premio Consagración fue para el grupo Vocal Norte y la Revelación del Festival fue el Grupo Maíz, que también fue distinguido por la prensa cordobesa como “el mejor conjunto del Festival”. Además de la 21° Feria Nacional de Artesanías y Arte Popular Augusto Raúl Cortazar, donde expusieron y trabajaron artesanos del todo el país en las más variadas disciplinas, en el aspecto cultural se produjo la primera edición del Congreso Nacional del Hombre Argentino, su Folklore, su Historia y su Cultura, el Primer Salón Provincial del Arte Fotográfico, y una muestra de instrumentos musicales.
En el balance final, lo que había parecido mucho no bastó. El Festival en el que Julio Marbiz cumplía 25 años como maestro de ceremonias incontrastable –eran 24 ediciones, porque en la de 1974 fue reemplazado por Héctor Larrea– había desviado la marcha en muchos aspectos respecto a la edición anterior. Las ausencias de figuras que fundamentales de la época como Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Teresa Parodi, Chango Nieto, César Isella, Chango Farías Gómez, Antonio Tarragó Ros, se sintió. Si el Festival de 1986 fue el de las vanguardias, con una canción más politizada –dos caras de una misma moneda–, este volvía en busca de un cariz más tradicional. Para algunos un avance, para otros un retroceso.

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