Después de celebrar sus 25 años con una edición que desde muchos puntos de vista resultó inolvidable, Cosquín se encontraba en el compromiso de consolidar ese camino que debía ser más que una huella. En esa dirección, el 26º Festival Nacional de Folklore logró la resonancia que desde hacía años no tenía. Entraba en su segundo cuarto de siglo sostenido por una coyuntura favorable en la que confluían varias circunstancias en continua retroalimentación. Circunstancias que la Comisión supo interpretar y equilibrar: las estructuras técnicas y organizativas del Festival eran sólidas y genuinas, el panorama de la música popular argentina se mostraba artísticamente vivaz y la industria del disco se revitalizaba por la proyección comercial del CD –que entonces impedía copias caseras–. En este contexto, el entusiasmo y la avidez del público y la presencia amplificadora de la televisión cerraban un círculo perfecto, a pesar de los riesgos que comportaba la mezcla de espíritu y materia de la que estaba hecha Cosquín, en la que siempre había un componente que quería superar al otro.

La programación tuvo un gran nivel y estuvo muy cerca del popular ideal “no faltó nadie”. La televisión –este año transmitió ATC para todo el país– creaba “dos festivales”: uno, más o menos virtual, para ver en casa; el otro, incomparablemente más intenso, para vivir en la Plaza. La presencia de las cámaras también delimitaba dos regiones precisas del transcurso de cada noche, de acuerdo a las cuales eran clasificados los artistas: adentro y afuera del horario de televisación. Artistas como Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Los Chalchaleros, Teresa Parodi, César Isella, Horacio Guarany, el Cuarteto Zupay, Facundo Cabral y Víctor Heredia formaban parte de ese “adentro” televisivo, tuvieron amplio espacio y actuaron en los espacios centrales de los cierres de las transmisiones. Las luchas entre representantes de artistas y organizadores por estar “adentro” eran encarnizadas: los nombres ilustres eran muchos, las promesas también y, en lo artístico y en lo comercial, muchas cosas se ponían en juego en cada actuación. Históricamente había sido así, pero la llegada de la televisión amplificaba el conflicto.
Como cada año, en 1986 el rito de la primera noche se cumplió a pleno. Por la tarde la ciudad se fue armando de Festival, en los balnearios y en las calles, con la llegada de público del más variado pelaje: familias, grupos de jóvenes y no tanto, guitarreros aficionados, mochileros que armaban sus carpas en los campings de la zona del río, mochileros que no tenían más alero que la noche coscoína. Cuando las campanas anunciaron el inicio, con los fuegos y el grito de Marbiz, la Plaza explotó de regocijo. Como siempre que Cosquín empezaba a cantar.
En esta edición Julia Elena Dávalos fue la encargada de inaugurar la brega festivalera, que el primer sábado recibía al sumo pontífice del folklore, Atahualpa Yupanqui. El calificativo se ajusta etimológicamente: “pontífice” puede leerse como “el que tiende puntes” y Yupanqui, aun si ya mucho de lo que sucedía a su alrededor no le importaba, lo era. Antes de él estuvieron Sixto Palavecino, Raúl Barboza y Los Cuatro de Córdoba. Cuando llegó el momento de Don Ata, la platea lo escuchó con respetuoso silencio, conciente de estar ante un mito viviente. Entre sus cosas, propuso un texto de su amigo Julio Cortázar –que había muerto dos años antes–, “El árbol, el río, el hombre”, y se fue saludado por la Plaza de pie.

En aquella época Raúl Carnota, con joyas como Grito santiagueño,
y Jorge Marziali, con temas como Cebollita y huevo o
A este Manuel que yo canto,
aparecían como
los creadores más inspirados y acertados.

Entre las numerosas postales que dejó un Festival intenso, con noches recargadas y cacharpayas imperecederas, estuvo la de Los Olimareños, que desempolvaron viejos caballos de batalla como Araca y la cana y Hasta siempre, la muy solicitada guajira de Carlos Puebla en homenaje al Che Guevara. Quedaron otras postales duraderas: Los Rundunes hicieron la Cantata de la Fundación, de Raúl Montacchini y Francisco Muñiz, con el coro de la Fundación Remonda.
Cosquín siempre ha producido el milagro del encuentro, incluyendo a los artistas populares. Por ejemplo, fue posible escuchar juntas a la voz de Mercedes Sosa y a la guitarra de Eduardo Falú. Sixto Palavecino derramó las mieles del quichua y Raúl Barboza las del guaraní. Alfredo Ábalos cantó Los obreros de Morón, el tema que de Jorge Marziali que por asegurar que “si viviesen votarían a Perón” molestó a más de uno. Guarany sacudió al público hasta la madrugada en una catarsis multitudinaria. Mercedes Sosa, en la última noche, fue una vez más señora de la Plaza.
Este año llegaron al Festival dos muchachos santiagueños residentes en Córdoba: uno venía de cantar en Los Rundunes, el otro estudiaba medicina. Eran Julio Paz y Roberto Cantos, el Dúo Coplanacu, que algunos años después instalarían en Cosquín una de las peñas con más mística de la historia del Festival. El viernes se llevó a cabo un paro general de actividades decretado por la CGT, en protesta por la política económica del gobierno de Raúl Alfonsín. No se adhirió Facundo Cabral, que arriba del escenario siguió conversando consigo mismo delante de todos.

Tanto hubo en esta edición del Festival, que la Consagración
tuvo como serios candidatos a Raúl Carnota y Enrique Llopis.
Finalmente fue para Vitale-Baraj-González.

Naturalmente estuvieron también Zamba Quipildor, Eduardo Falú, Ariel Ramírez, Los Arroyeños, Los Trovadores, Ángela Irene, Los Chalchaleros, Jaime Torres, Los Fronterizos, Marta Pirén, Las Voces de Orán, Antonio Tarragó Ros, Los de Imaguaré, Los Cantores del Alba, Los Tucu Tucu, Los del Suquía, Rubén Durán, Orlando Veracruz, Los Manseros Santiagueños, Los Patricios, el Trío San Javier, Miguel Ángel Morelli. Y además la orquesta de don Osvaldo Pugliese, el Cuarteto Zupay, Víctor Heredia, Julio Lacarra, Chany Suárez –con la excelente guitarra de Daniel Homer–, el grupo Quetral, Enrique Llopis, Markama, el Dúo Antar, Opus Cuatro, Francisco Heredia, Alfredo Abalos, Los Carabajal, Raúl Carnota, Suna Rocha y dos de las más osadas expresiones de la época: el trío Vitale-Baraj-González y los MPA (Músicos Populares Argentinos), un colectivo encabezado por Chango Farías Gómez, que junto a Verónica Condomí, Rubén Izarrualde, Jacinto Piedra y Peteco Carabajal ponía en acto un concepto abierto hacia afuera pero bien sujetado por dentro.

La Revelación fue el cantor chaqueño Zitto Segovia,
que se impuso sobre grupos como De antiguos pueblos
y Agua Pura, entre otras formaciones jóvenes con ideas,
que también eran reflejo de aquel buen momento de la música argentina.

En aquella época Raúl Carnota, con joyas como Grito santiagueño, y Jorge Marziali, con temas como Cebollita y huevo o A este Manuel que yo canto, aparecían como los creadores más inspirados y acertados. A ellos se sumó Peteco Carabajal, creador de obras como Digo la mazamorra –sobre un poema de Antonio Esteban Agüero– y Como pájaros en el aire, que resultó la más cantada en el Festival.
En este Cosquín se reeditó el Festival de la Canción y, naturalmente, volvieron las polémicas en torno a cómo se fabrica un éxito. Después de varios rounds el jurado eligió Bajo el azote del sol, la zamba de Gustavo “Cuchi” Leguizamón y Antonio Nella Castro, defendida por Chany Suárez, una de las voces más completas de entonces. En la final este tema dejó atrás a la cueca Deshilachada en el viento, de Hamlet Lima Quintana y Ángel Ritro, que con compromiso y calidad había defendido el cantor riojano Pancho Cabral.
Aunque de manera algo desdibujada y muy por detrás de lo que ocurría en el escenario Atahualpa Yupanqui, las actividades culturales, que alguna vez habían sido tan gravitantes como la parte artística, mantenían sus espacios. La Feria Nacional de Artesanías y el Ateneo Folklórico, que este año se orientó nuevamente sobre los seminarios para maestros de frontera y locutores, fueron las actividades más destacadas.
Tanto hubo en esta edición del Festival, que la Consagración tuvo como serios candidatos a Raúl Carnota y Enrique Llopis. Finalmente fue para Vitale-Baraj-González. Una Consagración “extra” se la llevó La Chacarerata Santiagueña; el conjunto de Juan Carlos Gramajo supo ganarse la adhesión del público a fuerza de picardía, cuetes y chacareras. La Revelación fue el cantor chaqueño Zitto Segovia, que se impuso sobre grupos como De antiguos pueblos y Agua Pura, entre otras formaciones jóvenes con ideas, que también eran reflejo de aquel buen momento de la música argentina.
La “esclerosis conceptual”, el monstruo tan temido al que con frecuencia se hacía referencia al hablar de Cosquín, estaba dormido.

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