Atahualpa Yupanqui cantando en el escenario que lleva su nombre fue el gran acontecimiento de la 19ª edición del Festival Nacional de Folklore. La última vez que Yupanqui había actuado en Cosquín había sido en 1972, cuando pusieron su nombre al gran escenario de la Plaza Próspero Molina. La presencia del más importante de los folklorista en actividad en cierto modo cubrió las ausencias notorias de Eduardo Falú, Buenos Aires 8 –ambos anunciados en la programación–, Los Chalchaleros, Ramona Galarza, Los Cantores de Quilla Huasi, “El Chúcaro” y Norma Viola y otros que, según expresó la Comisión Municipal de Folklore encabezada por Agustín Marcuzzi, “no se acomodaron a las necesarias restricciones presupuestarias” de un Festival que sin recursos económicos y poca inamginación no despertó mayor entusiasmo. En este año Cosquín mostró lo de siempre, además de Los de Siempre, que no perdieron oportunidad de ofrecer la exitosa Dios a la una, curiosa canción de Daniel Altamirano en la que un hombre está a punto de desperdiciar una cita con Dios planeando hablarle de menudencias.
Los Cuatro de Córdoba y Daniel Altamirano hicieron Canto al inmigrante; el mismo Daniel se unió a Los Altamirano –entonces formado por Mario y Julio Altamirano y Jorge Fleitas– para recordar los diez años de su consagración en ese mismo escenario; Daniel Toro cantó su Zamba para olvidar; “Gerardo López y sus Fronterizos”, tal como eligió llamar a su conjunto, desafió el fallo judicial que otorgaba a Juan Carlos Moreno la propiedad de la marca “Los Fronterizos”. También actuaron el Ballet Brandsen, Los hermanos Abalos, Los Hermanos Cuestas, Carlos Di Fulvio, Los Arroyeños, Los Tucu Tucu, Los Cantores del Alba, Los Manseros Santiagueños. Luis Landriscina regresó después de cuatro años sin actuar en Cosquín y Ángela Irene dio cuenta de la existencia de “otro” repertorio. Como salido de otro planeta, Dino Saluzzi actuó acompañado por los ex Andariegos Raúl Mercado, Agustín Gómez y Karo Herrada y estrenó una zamba que compuso junto a Albérico Mansilla, Carta a César Perdiguero. Perdiguero, periodista y poeta salteño, era por esos años libretista del Festival. También se rindió homenaje a la revista cordobesa Hortensia, con la entrega de una placa a su director Alberto Cognini.
Durante el horario de transmisión radial, las tandas publicitarias se leían en vivo desde el mismo escenario, modalidad que despertaba sucesivas quejas porque entorpecía el rimo del espectáculo y limitaba la participación de los artistas a menor cantidad de temas. Cuando esos mismos artistas volvían al escenario después del horario de la transmisión de la Cadena Latinoamericana, en cambio, su presencia en el escenario dependía del contacto que lograran establecer con el público, en las impredecibles cacharpayas –voz quichua que significa “esperar el amanecer cantando”– conducidas por Tuna Esper. Como dato positivo, las crónicas señalan que este año los nuevos valores ganadores del Pre Cosquín se presentaron dentro del horario principal.
En Cosquín ’79, Yupanqui fue el Festival. Después del estruendoso aplauso que lo recibió y del saludo inicial –“Buenas noches, compatriotas, nadie más contento que yo esta noche”–, el silencio se adueñó de la Plaza. Pasaron El tulumbano, Monte callado, El alazán, el poema Si me veis mirando lejos y Zamba de Vargas, antes de la emocionante despedida con coplas en baguala. En una conferencia de prensa ofrecida antes de su actuación, el cantor expresó: “Al Festival Nacional de Folklore habría que estructurarlo como una universidad, tomándose las licencias naturales que puede tener la búsqueda del canto de sabor popular, de color popular, y no poner demasiado el acento en la llamada proyección, porque se corre el riesgo de hacerla sin entender verdaderamente el folklore. Hay que estudiar profundamente el folklore; y cuando se lo conoce en profundidad recién ahí intentar la modernización”.
El Festival Cosquín de la Canción premió dos temas. Uno era elegido por el público, cuyo aplauso, en un poco confiable afán tecnológico de imparcialidad, se midió con un decibelímetro, a través de un micrófono que inevitablemente captaba más algunos sectores de la Plaza que otros. El otro tema fue elegido por un jurado técnico. El elegido por el público, después de distintas rondas eliminatorias, fue Niño maíz, de Francisco Berra y Miguel Ángel Gutiérrez, por Soledad Araujo. El jurado técnico eligió, en cambio, Corralito de estrellas, de Raúl Montachini y Walter Galíndez. Para el tema elegido por el público el premio fue de 200 mil pesos, mientras que el seleccionado por el jurado técnico recibió 500 mil.

Durante el horario de transmisión radial, las tandas publicitarias
se leían en vivo desde el mismo escenario, modalidad que
despertaba sucesivas quejas porque entorpecía el rimo del espectáculo
y limitaba la participación de los artistas a menor cantidad de temas.

Este año sólo participaron dos delegaciones, y ambas fueron de otros países: Paraguay y Venezuela. El premio Revelación Cosquín ‘79 se dividió entre Cherubichá, un conjunto con genuino sabor del Litoral, y el cantor sureño Jorge Irastroza. Por primera vez desde su institución, el Camin-Cosquín de Oro fue declarado desierto. Un gesto de la Comisión del Festival que más allá de despertar polémicas y alertar posiciones dejó un mensaje claro: los organizadores del Festival ya no vislumbraban figuras consulares, cuya trayectoria y aporte al folklore mereciesen el más alto halago del Festival.
En el Ateneo Folklórico hubo un seminario para maestros de frontera y un simposio sobre soberanía nacional y un ciclo de conferencias cuyo tema central –el hombre argentino– fue tratado entre otros por Félix Luna, Efraín Bischoff, Roque de Pedro y Nilo Neder. El diario Clarín señaló que gran parte de las actividades culturales programadas no habían tenido lugar y que ámbitos significativos del Festival, como la Feria de Nacional de Artesanías, “mostraban el lamentable aspecto de una precaria galería comercial (…), notándose las significativas ausencias de creadores que jerarquizaron anteriores muestras”.

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